Joaquín Schmidt

Joaquin Smichdt y Benja Carreres
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Una exposición para fusionar arte y gastronomía en el restaurante Joaquín Schmidt

«En este local está permitido el consumo de sueños y otras sustancias inconscientes». El eslogan que figura a la entrada de su local ayuda a desencriptar el imaginario culinario que distingue a Joaquín Schmidt, cocinero de la escuela onírica, que acoge este mes en su restaurante de la calle Visitación una exposición del artista Benja Carreres: objetos comunes creados a partir del ensamblaje de piezas procedentes de variados orígenes y que disponen ahora de una nueva vida. Criaturas de fusión que contribuyen a alcanzar el ideal que inspira este proyecto: una reflexión sobre lo cotidiano, que de paso vincula arte y gastronomía. La ambición de sumergir a los clientes en la experiencia de saborear un recetario sugerente que no concluye cuando se levantan de la mesa, porque todas esas creaciones artísticas les siguen acompañando, con ese punto irreverente con que ambos se someten a las preguntas del periodista, mientras reflexionan al unísono en voz alta: sí, algo hay del espíritu del poeta Joan Brossa colgando de estas paredes, entre las piezas diseminadas en formato sorpresa y provocador por los rincones del restaurante. Poesía visual, en la estela también del fotógrafo Chema Madoz, maestro en este mismo arte de trascender con sus imágenes la vida mínima de las cosas.

Carreres confiesa que, en efecto, se siente identificado en esas dos referencias. Y acepta también que entre los objetos que pueblan su colección alguno alcanza la condición de fetiche: las cápsulas que le sirven para rematar varias de sus creaciones o la icónica cafetera italiana, donde observa la referencia del eterno femenino. Mientras Schmidt nos agasaja con las gollerías que alumbra en su cocina, su compinche, otro hechicero de su mismo linaje, repasa su trayectoria profesional, vinculada al diseño de producto en su faceta industrial. Un periplo que convirtió en una atalaya inigualable para meditar sobre la extraña vida de los enseres más vulgares, que sus manos dotan de una grandeza misteriosa, perturbadora. Un amasijo de hierros esconde por ejemplo una menina; desde otro artefacto exhibido en uno de los muros del restaurante nos vigila el genio de Picasso en forma de toro; Giacometti habita en varias de estas esculturas que asombran a los comensales. Están a la venta y varias de ellas ya han sido adquiridas: es el mismo destino que aguarda por ejemplo a una pieza que luego de la comida se llevará consigo una parroquiana, oriunda belga. Viene al restaurante tras cruzar el Turia y pasear por el IVAM. Su dictamen es rotundo: «Esta exposición debería estar allí». Y sus palabras señalan en efecto hacia el sur, hacia el IVAM.
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